sábado, 25 de septiembre de 2010

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Invitación

Mañana jueves 23 toca Se ríe de vos en The Wall (Buenos Aires y Rioja).
Si señora, lo que era el Muro hace unos años.
Empieza a las 23 hs. con esta banda, siguen otras dos y termina tipo 2 de la mañana del día siguiente.
La anticipada sale $10 y en la puerta no sé, es un misterio.
No digan que no avisé!

lunes, 20 de septiembre de 2010

Cosas que pesan II


Hay algo que me sorprende de los protocolos que no sé bien qué es. Creo que me resultan un tanto pelotudos, nada más. El problema se da cuando se espera que uno lo siga (ni hablar cuando se exige). De todos modos hay protocolos y protocolos: una cosa es que te pidan que uses los tenedores (?) de afuera hacia adentro y otra es que rías o llores en ciertos momentos...
Como si uno pudiera controlar esas cosas.

Por suerte no me lo piden

o bien

Por suerte mis sentidos son selectivos.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Wittgenstein

Estoy trabajando con Wittgenstein hace un tiempo y recién hoy me puse a mirar un poco de su vida. Pasé por mi amiga Wikipedia y miren lo que dice acerca de su muerte:


Ludwig Wittgenstein murió en Cambridge, en casa de su médico, el 29 de abril de 1951, tras negarse a recibir tratamiento médico contra el cáncer de próstata que sufría. Se encontraba trabajando en un manuscrito que analizaba los supuestos y condiciones de la certeza, publicado de manera póstuma por la heredera de sus trabajos, Elizabeth Anscombe, bajo el título Sobre la certeza. Se dice que sus últimas palabras fueron: "Diles que mi vida fue maravillosa".
Mi mamá dijo: "¡Me alegro tanto por él! ¡Qué lindo debe ser llegar al final de tu vida diciendo que fue maravillosa!".
Me encantó. Eso nomás.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Astor Piazzolla

Bueno, me puse a mirar videos. Estaba buscando alguno de Invierno Porteño tocado por Piazzolla pero no encontré (sólo había de Otoño y de Verano). Y, por supuesto, millones de videos de Adiós Nonino y de Libertango. La cosa es que encontré algunos muy lindos y quiero compartirlos con ustedes. Voy a dejarles dos versiones de Adiós Nonino, una en orquesta y otra en quinteto. Después me cuentan cuál les gustó más. Yo no pude decidirme, las dos versiones tienen sus cosas muy lindas (me encantó el final de la orquestada pero también la espontaneidad del quinteto).

La orquestada:

De chusma nomás me puse a buscar algunos datos acerca del tema y miren lo que encontré:
Nonino means "grandfather" in Italian. And my children used to call my father Nonino, so when he died I wrote this composition called "Adiós Nonino". That's why it's like a Requiem.
Astor Piazzolla para la BBC en 1989.
Y algo que me emocionó bastante fue esto:


Papá nos pidió que lo dejáramos solo durante unas horas. Nos metimos en la cocina. Primero hubo un silencio absoluto. Al rato, oímos que tocaba el bandoneón. Era una melodía muy triste, terriblemente triste. Estaba componiendo Adiós Nonino.
Daniel Piazzolla, su hijo. Astor, Diana Piazzolla, 1986.


Bueno, espero que lo disfruten (I almost weeped).
Chau.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

La muerte del autor, el nacimiento del lector


Bueno, me colgué pero mal. Pido disculpas jaja.
Visto y considerando que estoy hasta las manos con la facultad, voy a dejarles un parcial domiciliario que hice para una materia (Teoría de la lectura). Qué sé yo, si tienen ganas de dejar alguna opinión, crítica o lo que sea.. bienvenido sea! Ahí va:



En lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte.
Susan Sontag, Contra la interpretación.
No puede haber una teoría de la lectura o, más específicamente, una interpretación completa y acabada de la lectura porque, de haberla, no habría lectura.
Desde Saussure sabemos que el signo aislado no significa nada ya que están «definidos no positivamente por su contenido, sino negativamente por sus relaciones con los otros términos del sistema»[1]. Es decir, los signos son lo que no son los otros. El sentido de las palabras, entonces, no es puro sino que va a estar ligado al uso que se les dé, al contexto en el que ubiquen, a la relación que establezca con otros signos.
Ahora bien, ¿podemos decir que eso que expresamos mediante una cadena signos (un enunciado, por ejemplo) tiene un significado transparente, completo, acabado? Me inclino a pensar que no. Primero porque el lenguaje mismo no está acabado, ni es completo, ni transparente. El lenguaje es opaco y precisa replegarse sobre sí mismo para poder significar. No es homogéneo, sino heteróclito y multiforme (esto no quiere decir, no obstante, que el lenguaje no tenga determinadas reglas y criterios). Segundo porque cada palabra no se emparenta directamente con un significado ni con un pensamiento en particular (ni siquiera con un número determinado de ellos). Con esto quiero decir dos cosas: por un lado que una palabra no tiene un conjunto de significados predeterminados y fijos sino que tiene múltiples acepciones que pueden estar en boga, caer en desuso o reaparecer, dependiendo del momento histórico y de los individuos que ponen en práctica a la lengua. Por el otro, que si nos detuviésemos a pensar todas las acepciones posibles de una palabra, no diríamos nada. Nos perderíamos en la vastedad del lenguaje en lugar de dejarnos envolver por él. Es cuando nos olvidamos del lenguaje que podemos hablar, o leer, o escuchar. Es en este sentido que Merleau-Ponty sostiene que «todo lenguaje es indirecto o alusivo»[2]. Las palabras, entonces, no se agotan en un significado o en la designación de alguna cosa. Por otro lado, si los enunciados fuesen tan claros, no habría lugar para los malentendidos, las interpretaciones, las sorpresas.
Un enunciado, entonces, tampoco se agota en sí mismo. Si así fuese, estaríamos aceptando la existencia de lo que Bajtín llama «enunciados adánicos». Es decir, no hay un primer hablante como tampoco hay un hablante que no sea, en mayor o menor medida, un contestatario. Todo enunciado forma parte de una cadena de enunciados. Cada uno de ellos refuta, problematiza, acepta o niega a los enunciados pasados y, a la vez, tiene en consideración las posibles contestaciones que puedan llegar a hacerle. Todo hablante, todo escritor, participa de una visión del mundo y no permanece inmune a las vicisitudes de la historia. Lo mismo sucede con los oyentes, los lectores. Por otro lado, tampoco podemos aceptar la existencia de un «lenguaje privado» porque, tal y como nos dice Wittgenstein, es necesaria la apelación a una instancia independiente de nosotros que nos dé un criterio para establecer si hemos entendido (o no) una palabra, prestando atención a las reglas que están en juego en el uso del lenguaje (cómo funciona este criterio es un análisis muy rico que excede las pretensiones del presente trabajo).
El lenguaje y todo lo que él abarca, entonces, nunca expresa por completo. Si tenemos esta sensación es simplemente porque se trata de nuestra lengua materna pero, no obstante, «nunca puede llevarnos, “como de la mano”, hasta el significado, hasta las cosas mismas»[3].
Teniendo en cuenta estas consideraciones, ¿podemos llegar a ser, tal como ilustra Wittgenstein, «máquinas de leer»[4]? Es que de hecho podemos deslizar nuestra mirada por sobre un texto impreso sin prestar atención a lo que se está “leyendo”, por ejemplo cuando estamos muy cansados. ¿Pero es esto leer? Y en todo caso, ¿a qué nos referimos con ‘leer’?
Podríamos decir que para que haya lectura tiene que haber cierta comprensión de lo que se está leyendo. Es decir, se requiere que el lector lleve a cabo un proceso mediante el cual entienda el texto y, por lo tanto, no esté meramente deslizando sus ojos por sobre una cadena de signos. Pero surge así otro problema: ¿Cómo logramos que esa lectura no sea empobrecedora? No puede haber una construcción intelectual acabada de la lectura por los mismos motivos por los que no podemos aceptar que el lenguaje es transparente o completo (como si la lectura o el lenguaje estuviesen compuestos de compartimentos estancos susceptibles de un estudio interpretativo acabado). Por ende si vamos a aceptar que un texto es interpretable, esta interpretación no puede consistir en «desgajar de la totalidad de la obra un conjunto de elementos»[5] porque esta actividad sería, en efecto, un empobrecimiento de la misma.
Podríamos distinguir, a partir de lo dicho, dos tipos de lectura: uno en el que se pretende “deducir” (a falta de un concepto mejor) lo que el autor quiso decir cuando escribió y, por otro lado, una lectura más bien irrespetuosa, lúdica, por parte del lector en la que él mismo hace su interpretación de lo leído[6].
Si consideramos estrictamente el primer tipo de lectura vamos a llegar a la conclusión de que es, en realidad, impracticable. De ninguna manera podemos llegar a tener conocimiento de absolutamente todos los pensamientos, deseos, temores, etc. que experimentaba el autor en el momento en el que escribió el texto (y ni siquiera él debía tener plena conciencia de todos ellos) y por lo tanto nunca vamos a saber con certeza qué es lo que este autor quiso decir (esto es: no sabemos lo que el escritor tenía en mente en el momento de escribir). El otro problema que surge aquí es que se está considerando que la obra tiene un único significado verdadero que fue dado por el autor y al cual, por lo que decíamos hasta hace un momento, es inaccesible para los lectores. Si aceptamos eso, si afirmamos que el texto contiene en sí mismo una verdad objetiva que fue dada por el autor, los lectores estarán obligados a intentar leer a la luz de una verdad a la que, de hecho, jamás accederán. Los lectores están obligados, así, a leer con una dirección específica cuya guía es un sentido que no perciben en la lectura y con el que, probablemente, no estarían de acuerdo. Y es en virtud de ello que nos preguntamos: ¿es que un texto tiene una sola interpretación? Esto sería aceptar que el texto puede ser explicado y que la lectura (y la escritura también) termina con el punto final.
Es por eso que encontramos fundamental la introducción del segundo tipo de lectura, la que Barthes describe como irrespetuosa porque interrumpe la lectura, porque trae a colación elementos imprevistos, porque reescribe el texto que leemos. Ya no hay más una verdad objetiva, sino que hay una verdad lúdica que hace que levantemos la cabeza y asociemos al texto ideas y significaciones diferentes. La lectura deja de ser una actividad pasiva para convertirse en un verdadero trabajo de reescritura y enriquecimiento del texto. La escritura del texto, entonces, nunca se cierra porque se abre cada vez con los lectores, quienes interpretan libremente a este universo multiforme que es el texto. Es en este sentido que Barthes sostiene que «el nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor»[7]. Necesitamos divorciar del texto a esa verdad objetiva, secreta y última que supuestamente da el Autor y que hace que el texto sea algo susceptible de ser simplemente descifrado o explicado. En el momento en el que lo logramos, podemos desenredar y recorrer la escritura y la lectura se convierte, así, en una actividad desde lúdica hasta revolucionaria. Es necesario, pues, dejar nacer a este lector que hace que el sentido del texto sea plural y que logra, de esta manera, evitar que se convierta en una Obra cerrada.
Y es que en realidad ni el autor mismo puede predecir lo que depara a su texto a pesar de que ponga todas sus intenciones en una dirección determinada. En una clase[8], Borges confesó que su mejor descripción de Buenos Aires fue reconocida por sus amigos en un texto que ni siquiera pretendía describir a la ciudad sino a un sueño, y esto a pesar de la cantidad de textos que pretendían describirla exhaustivamente resaltando el color local. Es en relación a esto que nos dice que «precisamente porque no me había propuesto encontrar ese sabor, porque me había abandonado al sueño, pude lograr, al cabo de tantos años, lo que antes busqué en vano». Y es, supongo, en este mismo sentido que Merleau-Ponty sostiene que tomamos conciencia de lo que pensamos y de lo que nos proponemos cuando lo expresamos. Es decir, expresamos cuando le damos una significación nueva a los significados ya disponibles, sedimentándolos, entonces, con expresiones completamente nuevas. Las palabras, por ende, nos sorprenden a cada paso y la vastedad del lenguaje nos impide reducirlo a un puñado de formas lógicas.






[1] Saussure, F. Curso de Lingüística General, cap. 4 §2, p. 199.
[2] Merleau-Ponty, M. El lenguaje indirecto y las voces del silencio, p. 67.
[3] Merleau-Ponty, M. “Sobre la fenomenología del lenguaje” en Signos, cap. 2 §III, p. 107.
[4] Wittgenstein, L. Investigaciones Filosóficas, p. 157.
[5] Sontag, S. Contra la interpretación, §3.
[6] Nos estamos refiriendo a la diferenciación que hace R. Barthes en Escribir la lectura.
[7] Barthes, R. “La muerte del autor” en El susurro del lenguaje, p. 71.
[8] Dictada en el Colegio Libre de Estudios Superiores y reproducida en el libro Discusión bajo el nombre “El escritor argentino y la tradición”.


Bueno eso, hice la tarea je. Originalmente tiene una introducción y una conclusión, pero no son más que repeticiones, así que no los pongo. E hice un par de modificaciones para que no sea tan "trabajo de la facultad".
Espero que sea de su agrado.
Saludos.

P.S.: Feliz cumple papi :)