domingo, 28 de junio de 2009

Para acordarme...


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Dejo un texto sobre el cual (prometo) escribir algún día:


Espantapájaros (al alcance de todos) 24
Por Oliverio Girondo

El 31 de febrero, a las nueve y cuarto de la noche, todos los habitantes de la ciudad se convencieron que la muerte es ineludible. Enfocada por la atención de cada uno, esta evidencia, que por lo general lleva una vida de araña en los repliegues de nuestras circunvoluciones, tendió su tela en todas las conciencias, se derramó en los cerebros hasta impregnarlos como a una esponja. Desde ese instante, las similitudes más remotas sugerían, con tal violencia, la idea de la muerte, que bastaba hallarse ante una lata de sardinas —por ejemplo— para recordar el forro de los féretros, o fijarse en las piedras de una vereda, para descubrir su parentesco con las lápidas de los sepulcros. En medio de una enorme consternación, se comprobó que el revoque de las fachadas poseía un color y una composición idéntica a la de los huesos, y que así como resultaba imposible sumergirse en una bañadera, sin ensayar la actitud que se adoptaría en el cajón, nadie dejaba de sepultarse entre las sábanas, sin estudiar el modelado que adquirirían los repliegues de su mortaja. El corazón, sobre todo, con su ritmo isócrono y entrañable, evocaba las ideas más funerarias, como si el órgano que simboliza y alimenta la vida sólo tuviera fuerzas para irrigar sugestiones de muerte. Al sentir su tic-tac sobre la almohada, quien no llorara la vida que se le iba yendo a cada instante, escuchaba su marcha como si fuese el eco de sus pasos que se encaminaran a la tumba, o lo que es peor aun, como si oyese el latido de un aldabón que llamara a la muerte desde el fondo de sus propias entrañas. La urgencia de liberarse de esta obsesión por lo mortuorio, hizo que cada cual se refugiara —según su idiosincrasia— ya sea en el misticismo o en la lujuria. Las iglesias, los burdeles, las posadas, las sacristías se llenaron de gente. Se rezaba y se fornicaba en los tranvías, en los paseos públicos, en medio de la calle... Borracha de plegarias o de aguardiente, la multitud abusó de la vida, quiso exprimirla como si fuese un limón, pero una ráfaga de cansancio apagó, para siempre, esa llama rada de piedad y de vicio. Los excesos del libertinaje y de la devoción habían durado lo suficiente, sin embargo, como para que se demacraran los cuerpos, como para que los esqueletos adquiriesen una importancia cada día mayor. Sin necesidad de aproximar las manos a los focos eléctricos, cualquiera podía instruirse en los detalles más íntimos de su configuración, pues no sólo se usufructuaba de una mirada radiográfica, sino que la misma carne se iba haciendo cada vez más traslúcida, como si los huesos, cansados de yacer en la oscuridad, exigieran salir a tomar sol. Las mujeres más elegantes —por lo demás— implantaron la moda de arrastrar enormes colas de crespón y no contentas con pasearse en coches fúnebres de primera, se ataviaban como un difunto, para recibir sus visitas sobre su propio túmulo, rodeadas de centenares de cirios y coronas de siemprevivas. Inútilmente se organizaron romerías, kermeses, fiestas populares. Al aspirar el ambiente de la ciudad, los músicos, contratados en las localidades vecinas, tocaban los “charlestons” como si fuesen marchas fúnebres, y las parejas no podían bailar sin que sus movimientos adquiriesen una rigidez siniestra de danza macabra. Hasta los oradores especialistas en exaltar la voluptuosidad de vivir resultaron de una perfecta ineficacia, pues no solo los tópicos más experimentados adquirían, entre sus labios, una frigidez cadavérica, sino que el auditorio sólo abandonaba su indiferencia para gritarles: “¡Muera ese resucitado verborrágico! ¡A la tumba ese bachiller de cadáver!” Esta propensión hacia lo funerario, hacia lo esqueletoso, ¿podía dejar de provocar, tarde o temprano, una verdadera epidemia de suicidios? En tal sentido, por lo menos, la población demostró una inventiva y una vitalidad admirables. Hubo suicidios de todas las especies, para todos los gustos; suicidios colectivos, en serie, al por mayor. Se fundaron sociedades anónimas de suicidas y sociedades de suicidas anónimos. Se abrieron escuelas preparatorias al suicidio, facultades que otorgaban título “de perfecto suicida”. Se dieron fiestas, banquetes, bailes de máscaras para morir. La emulación hizo que todo el mundo se ingeniase en hallar un suicidio inédito, original. Una familia perfecta —una familia mejor organizada que un baúl “Innovación”— ordenó que la enterrasen viva, en un cajón donde cabían, con toda comodidad, las cuatro generaciones que la adornaban. Ochocientos suicidas, disfrazados de Lázaro, se zambulleron en el asfalto, desde el veinteavo piso de uno de los edificios más céntricos de la ciudad. Un “dandy”, después de transformar en ataúd la carrocería de su automóvil, entró en el cementerio, a ciento setenta kilómetros por hora, y al llegar ante la tumba de su querida se descerrajó cuatro tiros en la cabeza. El desaliento público era demasiado intenso, sin embargo, como para que pudiera persistir ese ímpetu de aniquilamiento y exterminio. Bien pronto nadie fue capaz de beber un vasito de estricnina, nadie pudo escarbarse las pupilas con una hoja de “gillette”. Una dejadez incalificable entorpecía las precauciones que reclaman ciertos procesos del organismo. El descuido amontonaba basuras en todas partes, transformaba cada rincón en un paraíso de cucarachas. Sin preocuparse de la dignidad que requiere cualquier cadáver, la gente se dejaba morir en las posturas más denigrantes. Ejércitos de ratas invadían las casas con aliento de tumba. El silencio y la peste se paseaban del brazo, por las calles desiertas, y ante la inercia de sus dueños —ya putrefactos— los papagayos sucumbían con el estómago vacío, con la boca llena de maldiciones y de malas palabras. Una mañana, los millares y millares de cuervos que revoloteaban sobre la ciudad —oscureciéndola en pleno día— se desbandaron ante la presencia de una escuadrilla de aeroplanos. Se trataba de una misión con fines sanitarios, cuyo rigor científico implacable se evidenció desde el primer momento. Sin aproximarse demasiado, para evitar cualquier peligro de contagio, los aviones fumigaron las azoteas con toda clase de desinfectantes, arrojaron bombas llenas de vitaminas, confetis afrodisíacos, globitos hinchados de optimismo, hasta que un examen prolijo demostró la inutilidad de toda profilaxis, pues al batir el record mundial de defunciones, la población se había reducido a seis o siete moribundos recalcitrantes. Fue entonces —y sólo después de haber alcanzado esta evidencia— cuando se ordenó la destrucción de la ciudad y cuando un aguacero de granadas, al abrasarla en una sola llama, la redujo a escombros y a cenizas, para lograr que no cundiera el miasma de la certidumbre de la muerte.

martes, 16 de junio de 2009

El ciudadano "apolítico"



Se vienen las elecciones amigos. Les voy a dejar un texto para que lo piensen:

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El auge del ciudadano “apolítico”
por Orlando Barone


El ciudadano apolítico es político y todavía más que el político. Pero no lo reconoce, o lo que es peor: no lo sabe.
S
e aparta de cualquier filiación partidaria agitando la bandera Argentina.
Aún votando lo hace a disgusto y enseguida que vota se arrepiente.
Si por él fuera el voto sería calificado. Y él se incluiría como votante.
Habla con desprecio de los políticos; y aún más de quienes están en funciones públicas.
Y proclama que ningún gobierno le dio nada y que es más lo que le quitan.
Es proclive a creer en cualquier dicho o rumor que descalifique a un gobernante o lo acuse de corrupto.
El c
iudadano apolítico repite frases como que “los que no trabajan es porque no quieren”. “Los sindicalistas son una manga de ladrones”. o “ Aquí lo que hace falta es disciplina”.
Extraña el orden de las dictaduras. Y no entiende que haya que esclarecer tragedias del pasado.
El ciudadano apolítico se horroriza más por la inseguridad que por el origen social que la provoca. Se aterra más ante un delincuente morocho que ante uno rubio. Aún siendo él morocho.
Podría aplaudir un linchamiento sin juez, solo por sospechar del ajusticiado.
Renie
ga de los fallos que no condenen a cadena perpetua y desprecia a los abogados defensores.
Le atraen los líderes episódicos que enfrentan al poder público con rigor cívico; así como los líderes populares le parecen ramplones.
Cree en Dios, pero descree de quienes creen en otros dioses, o no creen.
Pregona no tener prejuicios contra nadie salvo contra los que se los merecen.
Piensa que hay demasiada inmigración que no es la apropiada. Considera también inapropiados a los homosexuales, travestis y prostitutas.
Sólo sale a la calle cíclicamente por arrebatos que él llama espontáneos, aunque se autocon
voque con intención por cadena de Internet o por teléfono. Nunca esos arrebatos expresan demandas laborales y nunca coinciden con los trabajadores.
Siente placer en demostrar descontento público. Y que esa demostración luzca diferente a las otras marchas de gente heterogénea y desordenada a la que traen de cualquier parte. Por eso protesta por el barrio; para que al lado suyo estén otros como él: no distintos.
Cree no estar ideologizado: no comprende que su apoliticismo es ya una ideología.
Solo sabe quienes son los enemigos: llevan la marca en el orillo: siempre hablan de la desigualdad y la pobreza.
Está seguro que el país sería mejor sin políticos, sin vagos , sin delincuentes, y sin razas indeseab
les. Pero no explica cómo lo conseguiría y quien estaría a cargo del diseño.
Acaso imagina un gran gerente nórdico, y un gabinete de técnicos impolutos que gobernaran con un barbijo.
El ciudadano apolítico presume estar en una posición neutra en el centro perfecto.
Pero está a la derecha.

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Me acuerdo que cuando leí este texto me acordé de que una profesora siempre nos decía "A la historia la hacemos todos, ya sea por acción, ya sea por omisión. Lo mejor, claro, es hacerla por acción".

Ya he escuchado y leído de nuevo eso de "Anulá, votá en blanco o ni vayas". Debo admitir que me muero de bronca cada vez que veo un cartel así. Años sin poder votar en la Argentina como para que ahora... en fin. Otra profesora siempre nos decía que para ella votar es una fiesta.
Votemos, y votemos con ganas. Pero votemos informados y no a cualquiera.
Y si no votan che, agua y ajo.
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PD: gracias Alejandra Gauna y Rosa Ferrer. Y gracias Cammi por acercarme el texto.

jueves, 11 de junio de 2009

Sugus al margen


Ayer comentaron en una clase de consulta que las células que provocan el cáncer son células que se resisten a morir. Esperemos que las nuestras sean estoicas.

sábado, 6 de junio de 2009

Sugus chapado a la alternativa


Hoy. Hoy las cosas me resultan un poco extrañas. Resulta que no tener ideología es algo común. Que la política es algo raro. Que la seguridad de basa en construir un muro. Que la comunicación se centra en un aparatito y la popularidad en tener muchos y los más nuevos, claro. Que la moda es religión y la pasión algo pasado de moda. Que los homosexuales son unas personas de lo más simpáticas, ¡pero qué asco que dan! Que no hay racistas, pero no te acerques a ese negro de mierda. Que Siberia está llena de hippies que se hacen los que estudian carreras de mentira (y ni hablar Humanidades). Que si no terminás la Escuela no sos nadie, pero que si estudiás en la Universidad seguro sos un falopero. Que si sos un poco diferente sos un loco, un perdedor, un demente. Que sos raro si leés y claramente homosexual si sos varón y escribís un poema. Que ir de putas te hace macho y flaca, sana y tonta te hace mujer. Que ya casi ni vemos chicos en el parque, pero seguro los encontrás en el Shopping Center, en el Cyber. Que las parejas hacen el amor por Internet y rompen vía sms. Que vivir la vida de los otros por TV es lo único que da tema de conversación en la mesa. Que sólo encajás si te ponés una máscara y salís al boliche con tacos altos y una borrachera que no es tan grave como parece.
¿Crítica? No sé. Solamente transmito lo que escucho, lo que veo. Es lo que acontece, y no vale la pena enojarse o indignarse por eso. Simplemente me da para pensar si toda esta vida de in, out, shopping y facebook es la que me gusta o no. O si más bien prefiero salir a tomar un mate con un amigo al parque y disfrutar... el ruido de los autos que pasan por al lado (nada es perfecto).
A lo que voy es: no es necesario aceptar todo, como tampoco lo es decir que todo está mal. Es lo que acontece. Tratemos de vivir un poco más relajados, un poco más nosotros, y tratemos de valorar y defender lo que realmente creemos, queremos, deseamos.
Coincidir siempre con la mayoría y adaptarse no es tan divertido como creemos. Y encajar no nos hace más persona, nos hace pieza de rompecabeza.
PD: gracias Gustavo Varela.