martes, 12 de marzo de 2013

Engranajes jamás


En una y otra argumentación, la de los positivistas de ayer y la de los positivistas de hoy, se olvida la realidad, una realidad que hay que cambiar para que el positivismo y la lógica nueva funcionen entre nosotros con los efectos que hicieron posible el progreso y la técnica del mundo occidental. Nada hizo el positivismo para cambiar nuestra relación de subordinación al modelo que nos inspiraba, como nada hará la nueva lógica para que termine nuestra situación de subdesarrollo, sino enajenarnos, una vez más, pensando que la palabra, sin la acción que la acompañe, bastará para cambiar nuestra situación. El abracadabra de la supuesta magia occidental estaba y está respaldado por una realidad, la que le ha permitido el dominio sobre el resto del mundo; lo que no seguirá, a nuestro abracadabra, por preciso que éste sea, si sólo somos parte de este dominio. El preguntarse por la forma de cambiar esta situación, ya no la forma técnica y científica, sino social y política, se encuentra en esa otra expresión de la filosofía que desemboca en ideología. Bien estaría que lógica e ideología se presentasen como esfuerzos comunes hacia una sola gran meta, la superación de nuestro subdesarrollo y nuestra incorporación al mundo occidentalizado, como pueblos entre pueblos, como hombres entre hombres. Pero no es así, al menos no es en algunos de los seguidores de la filosofía como ciencia o lógica rigurosa. Lo ideológico sale sobrando, como sale sobrando la pregunta social, política; la ideología, nada tiene que ver con la filosofía. Se la expulsa de ella y se habla de formar filósofos rigurosos, que llamen al pan pan y al vino vino. ¿Rigurosa para qué? ¿Para utilizar una técnica que no se posee o, simplemente, para incorporarse en el mundo occidental como una pieza técnica más de la gran maquinaria técnica?

Leopoldo Zea (1969), fragmento de La filosofía americana como filosofía sin más

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