viernes, 13 de julio de 2012

El peligro de la identificación de los opuestos


Durante la Guerra Fría, la maquinaria inmunitaria funcionaba todavía merced a la producción de miedo recíproco, y por ende con efecto disuasivo, en relación con la catástrofe siempre amenazada, pero justamente por ello nunca actuada, mientras que hoy al menos desde el 11 de septiembre de 2001, esa maquinaria requiere un estallido de violencia efectiva por parte de todos los contendientes. La idea -y la práctica- de guerra preventiva constituye el punto culminante de esta espiral autoinmunitaria de la biopolítica contemporánea. En la figura autorrefutadora de una guerra tendiente a evitar la guerra, lo negativo del procedimiento de inmunidad se redobla sobre sí mismo hasta ocupar toda la escena: la guerra ya no es el reverso siempre posible, sino la única realidad efectiva de la coexistencia global, donde lo que importa no es tan sólo la especularidad que de este modo se determina entre adversarios que, sin embargo, se diferencian en cuanto a responsabilidad y motivación iniciales, sino también el resultado contrafáctico que su conducta necesariamente activa, esto es, la multiplicación exponencial de esos mismos riesgos que se quería evitar, o al menos reducir, mediante instrumentos que inevitablemente están destinados, en cambio, a reproducirlos intensificados. Como en las más graves enfermedades autoinmunes, también el conflicto planetario actual el exceso de defensa se vuelca desastrosamente sobre el mismo cuerpo que sigue activándolo y potenciándolo. El resultado es una absoluta identificación de opuestos: parece consumirse todo hiato diferencial entre paz y guerra, ataque y defensa, vida y muerte. Que la mayor amenaza, o al menos la señalada como tal, sea hoy la de un atentado biológico tiene un significado muy preciso: no sólo la muerte amenaza la vida; la vida misma constituye el más terrible instrumento de muerte [...]. No es posible volver a recorrer la historia hacia atrás: el nazismo, más que el comunismo, trazó un umbral respecto del período previo, lo cual torna inviable cualquier replanteo actualizado de sus aparatos léxicos. A partir de ese umbral, histórico y a la vez epistemológico, ya no puede pasarse por alto la cuestión de la biopolítica. Puede, e incluso debe, invertírsela respecto de la configuración tanatológica que asumió en la Alemania hitleriana, pero no eludírsela retrotrayéndose al período moderno, siquiera porque a partir de este surgió en su forma contradictoria, por distintas que fueran su modalidad y su intensidad respecto de las que adoptó posteriormente. Espósito (2006), Bíos.

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