sábado, 23 de junio de 2012

Kierkegaard, Kundera, Nietzsche


Hoy leí esto:


Si consideramos pues a un pensador abstracto que no quiere ponerse en claro y confesarse a sí mismo cuál es el comportamiento del pensamiento abstracto respecto del hecho de que él es un hombre existente, nos produce, aun cuando fuese muy famoso, un efecto cómico, pues está a punto de dejar de ser un hombre. Mientras que un verdadero hombre, síntesis de finito e infinito, tiene justamente su realidad en el mantenimiento de esta síntesis y tiene un interés infinito en la existencia, un tal pensador abstracto es, por el contrario, un ser dual: por una parte un ser fantástico que vive en la pura abstracción y por otra parte una quizá triste figura de profesor dejada de lado por aquel ser abstracto, como se pone el bastón en un rincón. Cuando se lee la biografía de un hombre así (pues sus escritos pueden ser dignos de aprecio), tenemos a veces un escalofrío al pensar lo que es, después de todo, ser un hombre. Que haga una encajera los más deliciosos encajes: es triste sin embargo pensar en esa menesterosa persona; e igualmente burlesco es el efecto producido por la vista de un pensador que, a pesar de todas las pretensiones, lleva una existencia personal de pobre diablo, que se casa probablemente, pero no conoce ni siente el podería del amor, y cuyo matrimonio resulta, por tanto, tan impersonal como el pensar, deslizándose su vida profesional sin pasión y sin luchas patéticas, y que, como buen filisteo, sólo se ocupa de averiguar qué universidad le ofrece mejor sueldo. Kierkegaard (1844), El pensamiento abstracto.

Y me hizo acordar a esto otro:

Hace mucho tiempo, el hombre oía extrañado el sonido de un golpeteo regular dentro de su pecho y no tenía ni idea de su origen. No podía identificarse con algo tan extraño y desconocido como era el cuerpo. El cuerpo era una jaula y dentro de ella había algo que miraba, escuchaba, temía, pensaba y se extrañaba; ese algo, ese resto que quedaba al sustraerle el cuerpo, eso era el alma.
Hoy, por supuesto, el cuerpo no es desconocido: sabemos que lo que golpea dentro del pecho es el corazón y que la nariz es la terminación de una manguera que sobresale del cuerpo para llevar oxígeno a los pulmones. La cara no es más que una especie de tablero de instrumentos en el que desembocan todos los mecanismos del cuerpo: la digestión, la vista, la audición, la respiración, el pensamiento.
Desde que sabemos denominar todas sus partes, el cuerpo desasosiega menos al hombre. Ahora también sabemos que el alma no es más que la actividad de la materia gris del cerebro. La dualidad entre el cuerpo y el alma ha quedado velada  por los términos científicos y podemos reírnos alegremente de ella como de un prejuicio pasado de moda.
Pero basta que el hombre de enamore como un loco y tenga que oír al mismo tiempo el sonido de sus tripas. La unidad del cuerpo y el alma, esa ilusión lírica de la era científica, se disipa repentinamente. Kundera (1984), La insoportable levedad del ser.

Y por último:

Basta, aún vivo; y la vida no es después de todo una invención de la moral: quiere ilusión, vive de la ilusión. Nietzsche (1878), Humano demasiado humano.

2 comentarios:

  1. Estimo que incluso el mejor científico sabe dejar de lado todo el cientismo que lo precede (o que padece), cuando se enfrenta a la inevitable sensación de tener que vivir los momentos de ilusión y "dualidad" que la vida le presenta.

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  2. La idea es que aunque pretenda no dejarlo de lado (o busque una objetividad absoluta o algo así), nunca va a poder dejar de enfrentar su propia humanidad. El intento es en todo caso triste y ridículo (como parece presentarlo Kierkegaard) o infructuoso (como parece sostener Kundera).
    Vivir, a fin de cuentas, es más que respirar (como parece proponer Nietzsche). Y hay que lidiar con eso (y eso lo digo yo).

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