domingo, 8 de abril de 2012

Arendt

Decidí revivir los Sugus después de tanto tiempo. Les paso una parte de un trabajo de Arendt que hice hace un año más o menos. Salú!


Para Arendt, pensar es una actividad por completo diferente al conocer. Éste último, contemplado en su totalidad, es insaciable. De hecho, no podemos conocer todo. Pero esto no implica que la humanidad no haya alcanzado una buena cantidad de logros y descubrimientos a lo largo de su historia. El deseo de conocer, que tiene múltiples disparadores sean éstos prácticos o teóricos, puede saciarse en tanto se dirija a un horizonte particular y asequible. No es necesario que sea un único individuo el que arribe a esta meta, sino que esta tarea puede alargarse durante años y en virtud del trabajo de múltiples sujetos. Y si bien este trabajo «abre ulteriores horizontes cognoscibles, la actividad deja tras de sí un tesoro creciente de conocimiento que queda fijado y almacenado por cada civilización como parte y parcela de su mundo»[1]. En otras palabras, por más que el conocer sea, tomado en su totalidad, una tarea infinita por ser el campo de lo desconocido inabarcable, esto no quiere decir que se convierta en una tarea inútil. De hecho su desarrollo es importantísimo para el progreso de innumerables necesidades prácticas.
Cuando hablamos de pensar, en cambio, nos estamos refiriendo a otro tipo de actividad. En este caso hablar de utilidad es desatinado así como tampoco podríamos referirnos a un conjunto de personas que se especializaran en su desarrollo. De hecho, cualquiera es capaz de pensar. Aquí no entran en juego las diferencias socioeconómicas ni la formación de cada uno. Y esto es así porque el pensar cumple un rol fundamental en la capacidad de distinguir el bien del mal. En este sentido, «debemos poder exigir su ejercicio a cualquier persona que esté en su sano juicio, con independencia del grado de erudición o ignorancia, inteligencia o estupidez que pudiera tener»[2]. La facultad de pensamiento no es el privilegio de unos cuantos nombres ilustres.
Arendt sostiene, además, que el pensar implica un detenerse. Es decir, necesitamos dejar de hacer la actividad que estamos llevando a cabo para poder imbuirnos en nuestro pensamiento, pero a la vez lo que sucede en el mundo exterior puede interrumpir nuestro discurrir interior. Son mundos distintos, y es que el sentido común del hombre que actúa en el mundo sensible puede ver a este replegarse como una amenaza, en el sentido de que aleja al hombre de este mundo que nos es común a todos. Y no está incurriendo en un error. De hecho, la autora sostiene que no sólo nada práctico (en el sentido inmediato) resulta del pensar, sino que además puede llegar a ser autodestructivo. Con esto último nos estamos refiriendo a lo que provoca detenerse y pensar en nuestros propios asuntos, en todos nuestros presupuestos y axiomas. La consecuencia, según Arendt, es una doble parálisis porque no sólo debemos detenernos para poder pensar, sino que además cuando intentamos salir de este letargo nos encontramos con que seguimos paralizados por poner en duda todas las cuestiones que dábamos por sentadas. Los valores y las costumbres pierden sus fuertes fundamentos porque de hecho no podemos ni siquiera encontrar una definición rigurosa de ellos[3]. Y esto nos puede conducir, advierte la autora, al nihilismo. Es un riesgo inherente al pensamiento. Muchos pueden llegar a concluir que como no podemos saber con certeza de qué hablamos cuando nos referimos a la justicia, podemos ser injustos. De todos modos es preferible tomar este riesgo en lugar de aceptar las consecuencias de no pensar, y con esto nos estamos refiriendo a acostumbrarse a no tomar nunca decisiones. Al no poner en duda nada, aceptamos sin más las imposiciones morales propias de la sociedad en la que vivimos. Y aquí el riesgo es aún mayor porque, como se ha comprobado a lo largo del siglo XX, los principios morales pueden llegar a cambiar de un día a otro y los que tienen por costumbre aferrarse a lo impuesto sin cuestionarlo, acatarán lo que sea. Si matar a gente inocente pasa a estar encuadrado en el marco de lo legal e incluso se vuelve de suma importancia para el mantenimiento del régimen (entendido como un movimiento cuyos obstáculos deben ser eliminados), los que se aferran a las normas seguirán manteniéndose en sus puestos por más que ello implique firmar una orden de genocidio. En cambio, «mucho más dignos de confianza serán los dubitativos y escépticos, no porque el escepticismo sea bueno o la duda saludable, sino porque esas personas están acostumbradas a examinar las cosas y construirse sus propias ideas»[4]. Esto quiere decir, entonces, que si bien detenerse y pensar pueden ser perjudiciales tanto para la política (porque nos aleja del mundo común) como para los principios morales (porque socava sus fundamentos), dejar de pensar puede llegar a ser incluso más pernicioso. No ser capaz de cuestionar las políticas aplicadas o la moral subyacente a una sociedad, conlleva un profundo peligro.


[1] “El pensar y las reflexiones morales” en Responsabilidad y Juicio, p. 164.
[2] Id., p. 165. El subrayado es de la autora.
[3] Tal y como demuestra Sócrates, no podemos dar cuenta por completo de conceptos tan importantes como la justicia o la piedad.
[4] “Responsabilidad personal bajo una dictadura” en Id., p. 71.